El Teatro de Marcelo
- Martín Faz Mora
- 15 sept 2005
- 2 Min. de lectura
El lamentable, patético, descarado y denigrante espectáculo del acarreo escolar para la colocación de la primera piedra del cuestionado "Laberinto de las Ciencias y las Artes", revela la forma en que la actual administración estatal comienza a asemejarse cada vez más, hasta en las formas, a los tradicionales ejercicios autoritarios del poder, a sus autoengaños, sus farsas y su parafernalia que, de manifestación externa del poder termina por convertirse en su oxigeno.
Cierto que el poder necesita un escenario, un espacio para la actuación.
La vida social -¿existe otra?- requiere siempre una mayor o menor dosis de actuación. Las formas sociales manifestadas en las reglas de cortesía o hasta de "etiqueta", exige muchas veces que sacrifiquemos la sinceridad para tener relaciones tranquilas con nuestro entorno.
Pero el poder exacerba y magnifica los escenarios. Lo hace en un doble sentido, tanto para mostrar su poder a los subordinados, como para convencerse a sí mismo de su poder.
La teatralidad de los escenarios y su parafernalia en la Italia fascista, la Alemania Nazi, la Rusia Soviética y el México priísta son tanto forma e imagen, como fondo, esencia y naturaleza. El método revela el contenido.
Cuanto más arbitraria y discrecionalmente se ejerza el poder, la teatralidad de los escenarios adquirirá una forma más estereotipada y ritualista, tanto por quien tiene el poder como por los espectadores que darán a su comportamiento público una forma adecuada a las expectativas del poderoso.
Las exigencias teatrales del poder corresponden a la apariencia que el grupo dominante quiere dar. El dominador nunca controla totalmente la escena, pero normalmente logra imponer sus deseos. A corto plazo, a los subordinados les conviene actuar de una manera más o menos verosímil, desarrollando las conductas y los gestos que se espera que hagan. Ello puede llevar a engaño, y concluir que los grupos subordinados aceptan los términos de su subordinación y de que participan voluntariamente, y hasta con entusiasmo, en esa subordinación, más aún si se reparte algún incentivo adecuado, o el correspondiente castigo. Ambos usados para el acarreo de estudiantes.
Si la subordinación exige representar de manera convincente la humildad y el respeto, la dominación también parece exigir una actuación semejante, de altanería y dominio.
Se pueden analizar los distintos tipos de poder a través del teatro público que parecen necesitar. Cada forma de poder tiene tanto su propio escenario como su muy particular ropa sucia.
Estos teatros y sus ritos tienen un propósito: ser el espectáculo aparente de la unanimidad, el agradecimiento y la adhesión, montados para impresionar al público y autoconvencerse.
De la torta priísta a la golosina infantil marcelista no hay sino la terca repetición trágica del poder que gira ensimismado y ciego sobre su propio eje.
Estos espectáculos parecen agradarle cada vez más al titular del Ejecutivo y a sus deferentes organizadores del llamado protocolo. Vanidad de vanidades, reza el bíblico refrán con que inicia y concluye uno de los libros sapienciales, que no en vano tiene tal nombre.
Más ritos nos esperan y de ello ya se ufanan al decir que habrán de gastar más de lo que gastaron en los anteriores.
(Artículo publicado en La Jornada San Luis)
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